viernes 20 de febrero de 2009

La hormiga

Una hormiga me transita. Creó que se acerca a mi cara, el pánico no me deja dar un salto y correr. Veo como su figura va agrandándose.

Sus patas enormes me envuelven, lucho, grito. Es inútil. Va introduciéndose en mí, la costra oscura de sus ojos esta clavada en mi mirada de espanto, en mis oídos la ponzoña de sus tenazas inyectan su plasma.

La fiebre me ahoga, sudo incontrolablemente, el animal chapotea, me oprime contra él. Somos un cuerpo viscoso, retorciéndose como una roca entre los espasmos de un volcán.

Sus chillidos hacen sangrar mis oídos, mi sangre es negra, huelo de pronto la miasma ácida de la muerte – hormiga y la nauseas me atragantan. La sostengo de la cabeza, trato de despedazarla, pero su cuerpo hierve, no soporto su calor.

Tiembla por momentos. Pierde fuerza. Su cuerpo se vuelve esponjoso, mi piel está bañada de una melaza oscura y tibia. La hormiga agoniza; su forma se deshace, diluyéndose sobre mí como cera candente. No siento dolor, me escurro hacía fuera con las pocas fuerzas que me quedan. No puedo erguir el cuerpo, repto y mis piernas ganan velocidad, las miro: son muchas, son enormes.