Las columnas inclinadas me observaban caminar, sus luces
tímidas formaban aureolas sobre el cemento opaco de la calle.
La avenida solitaria se extendía como un surco seco de río. Y
el mar de los árboles se agitaba, quejándose de la noche.
Mi caminar era lento, me dirigía a ningún lugar, mientras la
cadena de ladridos presagiaba alguna amenaza cercana.
Mis pies se movían solos por la correntada dura y de a ratos
me rozaban como exhalaciones vehículos apresurados.
Empecé a correr, como si tuviera que alejarme de ese lugar; la respiración se
me agitaba con puntadas en el estomago.
En el cielo la luna rondaba entre oscuras nubes mostrando su lacerado perfil. No
miraba atrás. Adivinaba un peligro, cerca, pegado a mis hombros.
De niño solía ofuscarme en noches como estas y desmayaba
en algún rincón, despertando mas tarde como si el malestar
se hubiera disipado en un chasquido.
Sentía en la piel ráfagas frías y la vista se me nublaba,
traté de musitar una oración pero la lengua no me respondía y
mi mente olvidada de razón no me pertenecía.
Un rayo negro cruzó mi interior y caí desmoronado. Empecé a
reptar hacía adelante, quería escapar.
Cobre fuerza al mirar esa luna infectada que me llamaba y
agazapándome empecé a correr y las zarpas de mis manos
sacaban chispas al rocé del cemento.
El oxigeno fétido que inhalaba se cortaba al viento en un
humo denso e ingrávido.
Corrí hacía la luna que me ocultaba algo, tentando a mis
nervios erizados que escribían en el aire mil leyendas de locura.
Atravesé el monte, llegué al cerro, ese falo de
tierra erecta, excitada por la luna que se mece sobre él
sin nunca siquiera rozarlo. Y quedé llamándola entre aullidos desesperados,
su perfil oculto guarda mi mal, ella no me responde, sigue altiva, oscuramente melancólica.