viernes, 20 de febrero de 2009

La hormiga

Una hormiga me transita. Creo que se acerca a mi cara, el pánico no me deja dar un salto y correr. Veo como su figura va agrandándose.
Sus patas enormes me envuelven, lucho, grito. Es inútil. Va introduciéndose en mí, la costra oscura de sus ojos esta clavada en mi mirada de espanto, en mis oídos la ponzoña de sus tenazas inyectan su plasma.
La fiebre me ahoga, sudo incontrolablemente, el animal chapotea, me oprime contra él. Somos un cuerpo viscoso, retorciéndose como una roca entre los espasmos de un volcán.
Sus chillidos hacen sangrar mis oídos, mi sangre es negra, huelo de pronto la miasma ácida de la muerte – hormiga y la nauseas me atragantan. La sostengo de la cabeza, trato de despedazarla, pero su cuerpo hierve, no soporto su calor.
Tiembla por momentos. Pierde fuerza. Su cuerpo se vuelve esponjoso, mi piel está bañada de una melaza oscura y tibia. La hormiga agoniza; su forma se deshace, diluyéndose sobre mí como cera candente. No siento dolor, me escurro hacía fuera con las pocas fuerzas que me quedan. No puedo erguir el cuerpo, repto y mis piernas ganan velocidad, las miro: son muchas, son enormes.

Roque

Aunque deba cavar en la tierra

 la tumba que sé que me espera”
Mar Adentro, Héroes del Silencio


Tuviste un sueño pesado; de esos que multiplican la gravedad por 100 y ni caminar se puede al levantarse. Una ducha solucionó todo, miraste la hora, te pusiste el vaquero gastado y la remera negra de conciertos.
Billetera y entrada en un bolsillo. El ómnibus te dejó a unas cuadras, caminaste con la cabeza gacha, las manos en los bolsillos y mordiéndote los labios sin creer todavía. Héroes del Silencio después de años, juntos otra vez y para colmo en Paraguay.
Al llegar te acomodaste en una de las gradas, te limitabas a mirar el movimiento con una cerveza y un cigarrillo. La morena de pelo oscuro no dejaba de mirarte y los grupos de introducción ya se iban. Vos querías estar solo para tener los oídos en la música de Héroes y la morena ya te sonreía y no sabias que hacer, querías cantar todas las canciones sin que nadie te molestará
Más o menos al rato se hizo silencio y la oscuridad llenó el escenario, sólo el murmullo de la gente, vos ni pestañeabas, los primeros solos de guitarra ya se escuchaban, la batería surgió como un estruendo, el bombo marcaba la agitación y los platillos temblaban mientras Enrique Bumbury saludaba al público. “Deshacer el mundo” se empezaba a cantar en un coro de miles de personas, gritabas, llorabas. Era de no creer.
La punteada de “Decadencia” abrió una brecha entre la gente que se agolpaba contra las vallas. Y ahí nomás: La decadencia esta prohibida... y por momentos...
Cantaste tema tras tema, verso tras verso y como cierre del concierto sonó “Avalancha”. Y Bumbury se desgañitaba contigo por última vez con el verso que nunca vas a olvidar: La muerte será un adorno que pondré al regalo de mi vida.
         Todo fue rápido los músicos abrazados se agacharon y se largaron. Después el murmullo de los pies arrastrándose a la salida copó tus oídos, cansado te fuiste casi último y la morena caminaba cerca tuyo. Estuvo a tu lado todo el concierto y vos ni cuenta.
         Te dijo son las 12:00, es temprano, vamos a dar una vuelta, te tomó de la mano y te fuiste detrás de ella, embobado. El pelo negro se contoneaba cerca de su cintura y las piernas apretadas por un jean roto, justo ahí donde todo empieza.
         Unas cuadras después: un yuyal. Ella te miró y sonrió, soltó tu mano y se metió en la espesura verde-negra de la medianoche. Corriste detrás de ella y casi al fondo de la pequeña jungla te abrazó de sorpresa. Mientras te lamía el cuello, un garrotazo te dio en la nuca y te llevó al piso.
Te sacaron tu poco dinero, un hombre robusto te revisaba y puteaba a la morena  por haber agarrado al tipo mas pelado del concierto.
         Tenías los ojos nublados por el dolor en la cabeza, temblabas por momentos y una sensación de vómito te agobiaba. Te sacaron el vaquero gastado, la remera de conciertos y las botas. Te creyeron muerto Roque, ni cuenta se dieron de los globitos de sangre que te salían de la nariz. Te lanzaron a una fosa y las últimas estrellas de la media noche se borraron con las últimas paladas de basura que te echaron encima.    

Sueño de Lujan

        Se acercó y chutó las pantuflas bajo la cama. Se acomodó con las frazadas y el cansancio le puso los ojos cristalinos; luego un bostezo tibio que término desmoronándola en un sueño.
        Al comienzo las imágenes eran confusas, provenían de la sala jugando con su tía, que ahora ya no estaba, y empezaba a caminar sola por el corredor de la escuela, descalza, con las baldosas frías bajo sus pies. Llegó hasta un portón y lo abrió. Pasó del pórtico a estar deslizándose en un tobogán que levitaba sobre un pastizal de color blanco, llegó al suelo, miró el cielo y vio como la aurora boreal lo invadía todo. Se encontraba en una plaza con hamacas que colgaban de las nubes, con toboganes de madera translucida y un enorme carrusel que giraba y daba saltos de canguro.
         Más al fondo, cerca de un murallón pintado a cal, había un árbol, de él se desprendía una sombra que mostraba algunos gestos inseguros. Lujan fue acercándose, lentamente, no quería llamar la atención. La sombra se había quedado quieta y parecía asustada. Lujan dijo – Hola – y un hombre con el rostro pintado de blanco asomó la cabeza desde el árbol.

        -Hola – repitió Lujan. El hombre cruzó un brazo sobre el estómago y agachandose levemente, la saludó, tomó una mano de Lujan y la besó en el aire. Un pequeño destello rojo quedó flotando sobre sus dedos.
         
         El hombre dio una pirueta en forma de estrella y, en un descuido, se le escapó una ventosidad. La niña casi desmaya de la risa. El mimo quedó tan avergonzado que quiso desaparecer, dibujó una puerta en el aire y la cruzó. Perdiéndose detrás de ella.
         La niña susurro algo parecido a una negación y con la cabeza gacha empezó a llorar tímidamente. Por el rabillo del ojo pudo ver otra vez la sombra gesticulando detrás del árbol. Alzó la mirada y el mimo se acercó. Le pasó los guantes blancos por las mejillas para secar las lágrimas.
        Empezó a dar otras piruetas y a la par imitaba pedos con la boca, la niña que todavía lloraba cortaba su llanto de a ratos y reía con los sonidos que hacía el mimo. 
       Cruzó las piernas y, sentándose en el suelo, olvidando la pequeña pena, se dedicó a mirar como el mimo estiraba los rayos de la aurora y formaba con ellos barquitos y lunas, que se iban navegando en el aire hasta perderse de vista.Se acercó y chutó las pantuflas bajo la cama. Se acomodó con las frazadas y el cansancio le puso los ojos cristalinos; luego un bostezo tibio que término desmoronándola en un sueño.
       Al comienzo las imágenes eran confusas, provenían de la sala jugando con su tía, que ahora ya no estaba, y empezaba a caminar sola por el corredor de la escuela, descalza, con las baldosas frías bajo sus pies. Llegó hasta un portón y lo abrió. Pasó del pórtico a estar deslizándose en un tobogán que levitaba sobre un pastizal de color blanco, llegó al suelo, miró el cielo y vio como la aurora boreal lo invadía todo. Se encontraba en una plaza con hamacas que colgaban de las nubes, con toboganes de madera translucida y un enorme carrusel que giraba y daba saltos de canguro.
         Más al fondo, cerca de un murallón pintado a cal, había un árbol, de él se desprendía una sombra que mostraba algunos gestos inseguros. Lujan fue acercándose, lentamente, no quería llamar la atención. La sombra se había quedado quieta y parecía asustada. Lujan dijo – Hola – y un hombre con el rostro pintado de blanco asomó la cabeza desde el árbol.
Hola – repitió Lujan. El hombre cruzó un brazo sobre el estómago y agachandose levemente, la saludó, tomó una mano de Lujan y la besó en el aire. Un pequeño destello rojo quedó flotando sobre sus dedos.
         El hombre dio una pirueta en forma de estrella y, en un descuido, se le escapó una ventosidad. La niña casi desmaya de la risa. El mimo quedó tan avergonzado que quiso desaparecer, dibujó una puerta en el aire y la cruzó. Perdiéndose detrás de ella.
         La niña susurro algo parecido a una negación y con la cabeza gacha empezó a llorar tímidamente. Por el rabillo del ojo pudo ver otra vez la sombra gesticulando detrás del árbol. Alzó la mirada y el mimo se acercó. Le pasó los guantes blancos por las mejillas para secar las lágrimas.
         Empezó a dar otras piruetas y a la par imitaba pedos con la boca, la niña que todavía lloraba cortaba su llanto de a ratos y reía con los sonidos que hacía el mimo. 
         Cruzó las piernas y, sentándose en el suelo, olvidando la pequeña pena, se dedicó a mirar como el mimo estiraba los rayos de la aurora y formaba con ellos barquitos y lunas, que se iban navegando en el aire hasta perderse de vista.

El Colo

          La cuestión era esperar, días o semanas, que al final como siempre, serían meses. Eso era lo único que nos quedaba por hacer. Sentarnos en el copetín Los Hermanos, donde también dormíamos y en los últimos tiempos nos sentíamos como en casa. Era tedioso pero se aguantaba, comíamos empanadas a gusto, alguna que otra Coca e incansables rondas de tereré (todo corría por cuenta de Don Mashú) La consigna era mirar la habitación nº 4, de 9 am a 1 am, segunda ventana a la derecha, Hotel Harrison (frente a nuestro boliche). Media pocilga. Improvisado motel pasadas las 10 de la noche.
            A las 11 am el particular salía a fumar un pucho en el balcón; Roberto decía que fumaba porque acababa de levantar dos o tres rayas. Él sabia de eso. Merca y pucho, lo segundo sigue a lo primero por orden natural. Nunca levantes merca*, me decía, te vuelve un estúpido que se cree el más vivo. 
            A los 8 días, cansado, le dije a Roberto que el infeliz ya nos había visto y que nunca saldría. Él ni se inmutó.
- Esperá nomás – fue todo lo que dijo y seguimos truqueando en el mostrador.
Roberto no es un tipo de mucho hablar. Tiene la lengua cortita y la usa sólo para lo necesario. Buen tipo por sobre todo. Aprendí de él todo lo que no hay que hacer en este negocio. Lo que se debe hacer es fácil: Textualmente lo que se te dice y tu cuerpo baleado nunca va a lucir en ningún diario.
      Para mi primer encargo no estaba mal, era como Don Mashú me dijo.
Vo tenés que mirar nomás che ra’y y dejále a Roberto lo otro. Él va a saber
qué decirle al hijo de puta este cuando aparezca. Don Mashú es un señor laburador, según dicen los muchachos, ni él sabe la cantidad de estancias  que tiene. Oiko porã lekaja, es medio putañero, eso sí, le chorrea la saliva hasta la papada cuando ve un culo que le gusta.
            Estábamos por los 22 días cuando Roberto soltó algo y me contó que él tipo este del hotel era un  colombiano hũ que le debía al karaí (Roberto llamaba así a nuestro patrón y cuando éste necesitaba algo largaba un silbido seco, y Roberto a carrera mar se acercaba al Don, gritándole ¡Apé che karaí!) un poco de plata y una encomienda que nunca le llegó a nuestro patrón.
            Pasó mes y medio por ahí, cuando el Colo salió. Para ese tiempo ya le habíamos puesto un apodo y todo. Caminó derecho por la avenida. Roberto me dijo que no lo perdiera de vista. Bajó la cortina y me dijo vamos con los ojos.
            Eran como las 00:30. Yo me caía de sueño. Lo alcanzamos en una esquina, Roberto parecía contento, por un momento llegué a pensar que le iba a dar un abrazo al Colo. Pero lo tomó del brazo y le dijo algo muy bajito al oído. El otro dobló mansito en la esquina, paramos frente a un yuyal, miré a nuestro alrededor y no había nadie.
            -Tranquilopa -le dije a mi compañero que miraba atentamente al Colo, que cada vez parecía más nervioso y no se quedaba quieto, giraba sobre su eje como un loco. Sabía que si daba un paso fuera de la vista de Roberto este le iba a poner en su lugar. Empezó a decir cosas que yo no entendía, Roberto le miraba nomás, al rato pillé que era castellano lo que hablaba. A estos extranjeros no se les entiende porque hablan como bala y sin respirar. En un momento me pareció que el Colo le hizo un chiste a mi compañero, pero este estaba como piedra, mirándole a los ojos.
            ¡Toc! sonó algo de repente, yo no vi lo que era porque estaba con los ojos de aquí para allá por si alguien aparecía en la cuadra. Ahí nomás se cayó el Colo al empedrado. Roberto le dio un garrotazo en la cabeza con su cachiporra. Después le levanto los brazos y le dio sin lástimas en las costillas. Roberto sabía exactamente lo que hacía, parecía un cirujano revienta huesos. Le abrió las piernas y le reventó las bolas. Para ese momento el Colo ya estaba medio mudo, no se entendía si lloraba o gemía. Me daba pena el infeliz, pero bueno, así son las cosas. Un hueso por cada guaraní, suele decir Don Mashú.
            Roberto limpió la cachiporra, sacó la 38 de su campera y me la apretó al pecho.
-Uno o dos, pero en el pecho- me dijo.
Yo allá en Caaguazú ni chancho mataba, pero Roberto parecía otro cuando
me puso el revólver sobre el corazón así que no tuve otra. El Colo respiraba todavía por la boca, hacía un ruido extraño, seguro quería hablar. Apunté. Disparé y le di en el hombro. Le salió una lamentación rara y se calló.
-¡En el pecho, la puta que te parió!- me gritó Roberto.
Le volví a dar y ya no miré donde le pegué, le entregué a Roberto la 38 y me
metí al yuyal a vomitar. Sentía que algo tibio se me escurría entre las piernas.
Escuché uno o dos tiros más y vi que Roberto lo arrastraba al yuyal.
Amanecí en el colectivo camino a Pedro Juan, Roberto me había comprado café con leche y chipa. El karaí se va a poner contento, me dijo pasándome el vasito humeante.

jueves, 19 de febrero de 2009

El Camaleón (adaptación de un cuento de Chejov)

           Lleva puesta una campera gris, de esas que llegan hasta las rodillas, muy apropiada para este frío que, desde hace tiempo, llega a la capital; de la mano derecha cuelga una bolsa de supermercado. Mientras, detrás de él, camina Inocencio, con los dedos enganchados en el cinturón y la funda de su arma. El silencio en las calles tapa hasta los ladridos. Los policías cruzan la plaza sin iluminación. Los negocios aledaños están cerrados, excepto los copetines, que obstinadamente se dan competencia en prolongar sus horarios de atención. En las veredas, de vez en cuando, cruza alguien, con la cabeza bien escondida en alguna gorra o bufanda. En una esquina de la plaza la olla de un pachero levanta humo. Justo, el comisario, toma el camino más largo, que lo lleva por el puesto de panchos, quiere saludar y, por supuesto, hacerse notar.
      De pronto, el chillido de un animal y el grito burlón de un hombre llaman la atención de los policías. Justo mira al sesgo, Inocencio hace el movimiento de acercarse hacia el lugar. Justo lo detiene del brazo.
      Frente a uno de los copetines un hombre sacude a un perro, éste es de una raza extraña y menuda. El hombre es un fornido trabajador del puerto, de la borrachera apenas se puede entender sus maldiciones.
-         ¡Vení acá, jagua karasha! –. El hombre toma una piedra y la arroja con la intención de darle en la cabeza, pero los torpes brazos no pueden afinar su puntería. Lentamente, las figuras de unos hombres surgen de los copetines.
         El comisario se acerca a la vereda donde el borracho está dando el espectáculo.
-         ¿Qué pasa, Piper? – pregunta con voz firme.
El borracho no hace caso y sigue estironeando al perro de las patas y dándole puñetazos en el hocico; el perro gruñe, pero el miedo sólo le hace intentar mover las patas para escapar.
-         ¡Bueno pue’, carajo! – grita el policía.
Piper mira al policía de reojos y se detiene. La respiración le queda bastante exaltada. Piensa un momento y dice:
- Este perro de mierda me mordió, comisario–. Piper mira al perro y le juega una patada que le roza las costillas; el animal, asustado, se aleja unos metros y se detiene para olfatear unas bolsas de basura.
- ¿Mba’e la oikoa, Piper?- pregunta Inocencio, acercándose más.
- Mirá lo que me hizo-. Dice Piper levantando una mano. La sangre le corre por entre los dedos –. Me mordió este perro de mierda, comisario. Yo venía caminando por acá y este perro me saltó por la mano-.
- Bueno, pero no es nada eso. Andá a que te hagan una curación y ya está - le contesta el comisario – y que te den una antirrábica.
- Lo que pasa, comisario, es que yo mañana no voy a poder trabajar si tengo la mano vendada; mi trabajo en el puerto depende de mis manos. Yo ko soy jornalero, si un día no trabajo, un día no tengo qué comer.
- Y para chupar – dice uno de los mirones y todos empiezan a reir.
El comisario se acerca y examina la mano herida. Piensa un momento y pregunta.
-         ¿El perro tiene dueño?
-         Seguro – contesta Piper.
El comisario gira mirando al público y vuelve a preguntar.
-         ¿Este perro tiene dueño? Se tiene que hacer cargo de esto, esta clase animal no puede estar suelto. Además tiene que abonarle los días de trabajo que va a perder al ciudadano –. Nadie contesta. - Entonces vamos a tener que llevar al animal a la perrera municipal para su sacrificio -.
-         Creo que es de Don Cristaldo – dice una voz de entre la gente.
-         ¿De don Cristaldo, el de la municipalidad? -. Pregunta el comisario.
-         ¡Ese mismo! – dice Piper, en tono corajudo.
-         Mmm… Bueno… vamos a ver - el comisario se saca la campera y se la pasa a Inocencio - Tomá pue y atajá- le dice a éste.
El comisario silva al animal y éste se le acerca moviendo el rabo.
-         Pero este animal es manso, Piper- comenta el comisario.
-         Eh… Te parece nomás, mi comisario, traicionero hina es.
-         ¿Vospa no le estabas pegando, mba’e?
-         No, mi comisario, ya le dije, venía caminando y me saltó. Ese bicho seguro tiene rabia.
En ese momento llega la matrona de uno de los copetines y con voz ronca interrumpe.
-         Comisario, Piper le quiso apagar el cigarrillo en el hocico al animal, por eso le mordió.
-         ¡Ekirirĩna nde gorda avevó, vos ko no viste nada!  – le dice Piper, con tono despectivo.
-         Nde la re kiriri ará nde tuja ka’u rei koa. Demasiado vece te dije que no le tientes al animal, que te iba a reaccionar.
-         Mentira, mi comisario… no le hagas caso a esta vieja.
-         ¡Bueno, silencio ya!- ordena el oficial – Inocencio, atajále al perro.
-         A su orden, comisario-. Inocencio lo alza y lo examina. – Mi comisario, este no es el perro de Don Cristaldo.
-         ¿En serio, como sabes?
-         Yo suelo hacer guardia en su casa, le conozco bien, para mí que es de otra raza.
-         ¿Estas seguro? – pregunta el comisario, mirando a su vez al animal.
-         Seguro, mi comisario. Este perro es un perro callejero nomás. Los del Don Cristaldo son perros caros, de raza pura.
-         Tenés razón, Inocencio. ¡Qué pico va a ser este bicho de don Cristaldo! Bueno, vuelvo a preguntar de quién es este animal-. Vuelve a consultar en voz alta el comisario.
Nadie contesta. Entonces otra voz vuelve a decir.
-         Ese perro es de Don Cristaldo, yo corto una vez a la semana el pasto en su casa. Ese bicho es del viejo.
El comisario algo confundidoy cansado, dice:
-         Bueno… anda Inocencio a lo de Don Cristaldo y preguntale si éste es su perro. Puede ser que sea hina de él. Andá y decile que yo lo encontré y que se lo envío por intermedio tuyo. Decíle también que lo cuiden más y comentale que un borracho le quería lastimar, pero que ya está solucionado.
-         Mi comisario… - interviene Piper, queriendo decir algo.
-         ¡Cállese, vago! ¡Cómo piko vas a quemarle al animal con cigarrillo!
La vieja vuelve a salir de entre la gente, se acerca al comisario y le susurra alguna cosa.
-         Y bueno, vaya pues a llamarle entonces-. Le dice éste a la mujer.
La mujer inmeditamente da media vuelta y se mete en uno de los copetines.
-         Inocencio, esperá un rato. Ahí va a venir el chofer de Don Cristaldo, está cenando en el comedor de la gorda.
El chofer se acerca guiado por la señora, pasa por entre la gente y saluda al comisario y al sub oficial.
-         Estimado, ¿vos le conoces a este perro?- pregunta el comisario mientras Inocencio se lo acerca al chofer.
-         Sí, mi comisario. De la nieta de mi patrón es.
-         ¡Ah! ¿De la nieta?
-         Sí, señor. Se habrá escapado.
-         Probablemente, le ruego, amigo, que le lleves de vuelta al animal a la casa del patrón. Decíle que lo encontró el comisario y que le recomiendo, educadamente, que lo ate por alguna.
-         Sí, mi comisario, no hay problema.
El chofer dio un silbido y el perro saltó de entre los brazos de Inocencio y se alejó moviendo la cola detrás del chofer.
-         Bueno, solucionado -. Sentencia el comisario mientras mira a Piper y le dice -. Vaya a lavarse la mano que es una zoncera lo que pasó.  Para mañana ni se va a ver. Además eso le pasa por molestar perro ajeno.
Piper se mira la mano, da una media vuelta y se retira. Sus amigos empiezan a reírse de él. Mientras todos vuelven en dirección a sus mesas.
Inocencio se acomoda el cinturón y espera que el comisario dé unos pasos para delante y así poder seguirlo.

La Cima




¡Quítenmelo! ¡Quítenmelo! ¡Déjenme respirar!¡No me estoy muriendo!
 Willie Francis (1929,1947), dos veces ejecutado en la silla eléctrica.

A pelo y piel quemada huele este lugar.
Mis piernas están amarradas, y pegadas a ellas los electrodos.
Ahora, sólo espero el instante. Sé que tengo los ojos abiertos. Me hablaron de  la rapidez con la cual terminaría todo: “Un resplandor y tus ojos se cierran, como en el placer absoluto”.
Debí quedarme allá, donde nadie me vería; por lo menos moriría solo. Soy culpable. Pero no lo siento, ni en el lugar más hondo, allá donde dicen que se guarda el alma. Lo hice porque todo mi cuerpo me lo pidió.
Corrí muy lejos aquel día. Nadie vio las manchas en mí, tampoco me vieron escapar. La olla oscura de la noche me dio refugio. Llegado el día subí la montaña. Vi cada una de sus piedras correr tras mis pasos, vi también mis huellas perderse en la vegetación.
En el ocaso nevó, y el sol, absorbido por la tierra, me recordó a mí mismo, subiendo el monte vertical, de altura desconocida, mientras el eco de los animales y el viento me sugerían palabras.
Escalé hasta donde mis fuerzas pudieron. Nada tenía yo de alpinista, pero mucho de avalancha aquel día. Busqué un lugar para descansar, esperar el sueño y olvidar por unas horas mi huida. En una cueva estrecha, entre piedras, dormí. Desperté llegado el amanecer; la niebla se disipaba y vi el sol surgir en el cielo. Seguí con mi paseo hacia la altura. Por sobre los árboles,  un pájaro rayó el cielo, abrí los brazos y grité. Los pulmones me ardían, el frío de la mañana turbaba mi piel. Extrañé el fuego, y por eso corrí de nuevo.
Nunca sabré si llegué a la cima. Deambulé durante días, hasta que me aprehendieron. A causa de mi largo ayuno, apenas pude ver las armas apuntándome. Luego todo se tornó confuso. Me arrastraron al pueblo entre golpes y escupitajos. Nada más recuerdo.
Hoy estoy aquí, sentado frente a estas personas murmurantes. Ya no importa, no busco formas ni palabras que pronunciar. Sólo espero lo que tanto tardaron en sentenciar. No me mostraré a ellos, no les daré ni un solo grito. 
El cura, biblia en mano, me bendice. El guardia cubre mi rostro con una máscara. Sujeto mis rodillas, las manos sudan sobre ellas. Sin embargo, no puedo controlar la presión que impulsa mis pies para arriba, algo desde abajo del suelo me insita a subir. Mi pelo sobre el rostro esconde esta extraña sensación; creo ver de nuevo aquella montaña, o acaso su cima.
Segundos después, la energía sacude mis entrañas. Todo mi cuerpo se crispa. Siento llegar el silencio. No me dejaré ir, aunque esta espesa niebla que invade mi vista me seduzca.