Lleva puesta una campera gris, de esas que llegan hasta las rodillas, muy apropiada para este frío que, desde hace tiempo, llega a la capital; de la mano derecha cuelga una bolsa de supermercado. Mientras, detrás de él, camina Inocencio, con los dedos enganchados en el cinturón y la funda de su arma. El silencio en las calles tapa hasta los ladridos. Los policías cruzan la plaza sin iluminación. Los negocios aledaños están cerrados, excepto los copetines, que obstinadamente se dan competencia en prolongar sus horarios de atención. En las veredas, de vez en cuando, cruza alguien, con la cabeza bien escondida en alguna gorra o bufanda. En una esquina de la plaza la olla de un pachero levanta humo. Justo, el comisario, toma el camino más largo, que lo lleva por el puesto de panchos, quiere saludar y, por supuesto, hacerse notar.
De pronto, el chillido de un animal y el grito burlón de un hombre llaman la atención de los policías. Justo mira al sesgo, Inocencio hace el movimiento de acercarse hacia el lugar. Justo lo detiene del brazo.
Frente a uno de los copetines un hombre sacude a un perro, éste es de una raza extraña y menuda. El hombre es un fornido trabajador del puerto, de la borrachera apenas se puede entender sus maldiciones.
- ¡Vení acá, jagua karasha! –. El hombre toma una piedra y la arroja con la intención de darle en la cabeza, pero los torpes brazos no pueden afinar su puntería. Lentamente, las figuras de unos hombres surgen de los copetines.
El comisario se acerca a la vereda donde el borracho está dando el espectáculo.
- ¿Qué pasa, Piper? – pregunta con voz firme.
El borracho no hace caso y sigue estironeando al perro de las patas y dándole puñetazos en el hocico; el perro gruñe, pero el miedo sólo le hace intentar mover las patas para escapar.
El borracho no hace caso y sigue estironeando al perro de las patas y dándole puñetazos en el hocico; el perro gruñe, pero el miedo sólo le hace intentar mover las patas para escapar.
- ¡Bueno pue’, carajo! – grita el policía.
Piper mira al policía de reojos y se detiene. La respiración le queda bastante exaltada. Piensa un momento y dice:
- Este perro de mierda me mordió, comisario–. Piper mira al perro y le juega una patada que le roza las costillas; el animal, asustado, se aleja unos metros y se detiene para olfatear unas bolsas de basura.
- ¿Mba’e la oikoa, Piper?- pregunta Inocencio, acercándose más.
- Mirá lo que me hizo-. Dice Piper levantando una mano. La sangre le corre por entre los dedos –. Me mordió este perro de mierda, comisario. Yo venía caminando por acá y este perro me saltó por la mano-.
- Bueno, pero no es nada eso. Andá a que te hagan una curación y ya está - le contesta el comisario – y que te den una antirrábica.
- Lo que pasa, comisario, es que yo mañana no voy a poder trabajar si tengo la mano vendada; mi trabajo en el puerto depende de mis manos. Yo ko soy jornalero, si un día no trabajo, un día no tengo qué comer.
- Y para chupar – dice uno de los mirones y todos empiezan a reir.
El comisario se acerca y examina la mano herida. Piensa un momento y pregunta.
- ¿El perro tiene dueño?
- Seguro – contesta Piper.
El comisario gira mirando al público y vuelve a preguntar.
- ¿Este perro tiene dueño? Se tiene que hacer cargo de esto, esta clase animal no puede estar suelto. Además tiene que abonarle los días de trabajo que va a perder al ciudadano –. Nadie contesta. - Entonces vamos a tener que llevar al animal a la perrera municipal para su sacrificio -.
- Creo que es de Don Cristaldo – dice una voz de entre la gente.
- ¿De don Cristaldo, el de la municipalidad? -. Pregunta el comisario.
- ¡Ese mismo! – dice Piper, en tono corajudo.
- Mmm… Bueno… vamos a ver - el comisario se saca la campera y se la pasa a Inocencio - Tomá pue y atajá- le dice a éste.
El comisario silva al animal y éste se le acerca moviendo el rabo.
- Pero este animal es manso, Piper- comenta el comisario.
- Eh… Te parece nomás, mi comisario, traicionero hina es.
- ¿Vospa no le estabas pegando, mba’e?
- No, mi comisario, ya le dije, venía caminando y me saltó. Ese bicho seguro tiene rabia.
En ese momento llega la matrona de uno de los copetines y con voz ronca interrumpe.
En ese momento llega la matrona de uno de los copetines y con voz ronca interrumpe.
- Comisario, Piper le quiso apagar el cigarrillo en el hocico al animal, por eso le mordió.
- ¡Ekirirĩna nde gorda avevó, vos ko no viste nada! – le dice Piper, con tono despectivo.
- Nde la re kiriri ará nde tuja ka’u rei koa. Demasiado vece te dije que no le tientes al animal, que te iba a reaccionar.
- Mentira, mi comisario… no le hagas caso a esta vieja.
- ¡Bueno, silencio ya!- ordena el oficial – Inocencio, atajále al perro.
- A su orden, comisario-. Inocencio lo alza y lo examina. – Mi comisario, este no es el perro de Don Cristaldo.
- ¿En serio, como sabes?
- Yo suelo hacer guardia en su casa, le conozco bien, para mí que es de otra raza.
- ¿Estas seguro? – pregunta el comisario, mirando a su vez al animal.
- Seguro, mi comisario. Este perro es un perro callejero nomás. Los del Don Cristaldo son perros caros, de raza pura.
- Tenés razón, Inocencio. ¡Qué pico va a ser este bicho de don Cristaldo! Bueno, vuelvo a preguntar de quién es este animal-. Vuelve a consultar en voz alta el comisario.
Nadie contesta. Entonces otra voz vuelve a decir.
- Ese perro es de Don Cristaldo, yo corto una vez a la semana el pasto en su casa. Ese bicho es del viejo.
El comisario algo confundidoy cansado, dice:
- Bueno… anda Inocencio a lo de Don Cristaldo y preguntale si éste es su perro. Puede ser que sea hina de él. Andá y decile que yo lo encontré y que se lo envío por intermedio tuyo. Decíle también que lo cuiden más y comentale que un borracho le quería lastimar, pero que ya está solucionado.
- Mi comisario… - interviene Piper, queriendo decir algo.
- ¡Cállese, vago! ¡Cómo piko vas a quemarle al animal con cigarrillo!
La vieja vuelve a salir de entre la gente, se acerca al comisario y le susurra alguna cosa.
- Y bueno, vaya pues a llamarle entonces-. Le dice éste a la mujer.
La mujer inmeditamente da media vuelta y se mete en uno de los copetines.
- Inocencio, esperá un rato. Ahí va a venir el chofer de Don Cristaldo, está cenando en el comedor de la gorda.
El chofer se acerca guiado por la señora, pasa por entre la gente y saluda al comisario y al sub oficial.
- Estimado, ¿vos le conoces a este perro?- pregunta el comisario mientras Inocencio se lo acerca al chofer.
- Sí, mi comisario. De la nieta de mi patrón es.
- ¡Ah! ¿De la nieta?
- Sí, señor. Se habrá escapado.
- Probablemente, le ruego, amigo, que le lleves de vuelta al animal a la casa del patrón. Decíle que lo encontró el comisario y que le recomiendo, educadamente, que lo ate por alguna.
- Sí, mi comisario, no hay problema.
El chofer dio un silbido y el perro saltó de entre los brazos de Inocencio y se alejó moviendo la cola detrás del chofer.
- Bueno, solucionado -. Sentencia el comisario mientras mira a Piper y le dice -. Vaya a lavarse la mano que es una zoncera lo que pasó. Para mañana ni se va a ver. Además eso le pasa por molestar perro ajeno.
Piper se mira la mano, da una media vuelta y se retira. Sus amigos empiezan a reírse de él. Mientras todos vuelven en dirección a sus mesas.
Inocencio se acomoda el cinturón y espera que el comisario dé unos pasos para delante y así poder seguirlo.
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