La cuestión era esperar, días o semanas, que al final como siempre, serían meses. Eso era lo único que nos quedaba por hacer. Sentarnos en el copetín Los Hermanos, donde también dormíamos y en los últimos tiempos nos sentíamos como en casa. Era tedioso pero se aguantaba, comíamos empanadas a gusto, alguna que otra Coca e incansables rondas de tereré (todo corría por cuenta de Don Mashú) La consigna era mirar la habitación nº 4, de 9 am a 1 am, segunda ventana a la derecha, Hotel Harrison (frente a nuestro boliche). Media pocilga. Improvisado motel pasadas las 10 de la noche.
A las 11 am el particular salía a fumar un pucho en el balcón; Roberto decía que fumaba porque acababa de levantar dos o tres rayas. Él sabia de eso. Merca y pucho, lo segundo sigue a lo primero por orden natural. Nunca levantes merca*, me decía, te vuelve un estúpido que se cree el más vivo.
A los 8 días, cansado, le dije a Roberto que el infeliz ya nos había visto y que nunca saldría. Él ni se inmutó.
- Esperá nomás – fue todo lo que dijo y seguimos truqueando en el mostrador.
Roberto no es un tipo de mucho hablar. Tiene la lengua cortita y la usa sólo para lo necesario. Buen tipo por sobre todo. Aprendí de él todo lo que no hay que hacer en este negocio. Lo que se debe hacer es fácil: Textualmente lo que se te dice y tu cuerpo baleado nunca va a lucir en ningún diario.
Para mi primer encargo no estaba mal, era como Don Mashú me dijo.
Vo tenés que mirar nomás che ra’y y dejále a Roberto lo otro. Él va a saber
qué decirle al hijo de puta este cuando aparezca. Don Mashú es un señor laburador, según dicen los muchachos, ni él sabe la cantidad de estancias que tiene. Oiko porã lekaja, es medio putañero, eso sí, le chorrea la saliva hasta la papada cuando ve un culo que le gusta.
Estábamos por los 22 días cuando Roberto soltó algo y me contó que él tipo este del hotel era un colombiano hũ que le debía al karaí (Roberto llamaba así a nuestro patrón y cuando éste necesitaba algo largaba un silbido seco, y Roberto a carrera mar se acercaba al Don, gritándole ¡Apé che karaí!) un poco de plata y una encomienda que nunca le llegó a nuestro patrón.
Pasó mes y medio por ahí, cuando el Colo salió. Para ese tiempo ya le habíamos puesto un apodo y todo. Caminó derecho por la avenida. Roberto me dijo que no lo perdiera de vista. Bajó la cortina y me dijo vamos con los ojos.
Eran como las 00:30. Yo me caía de sueño. Lo alcanzamos en una esquina, Roberto parecía contento, por un momento llegué a pensar que le iba a dar un abrazo al Colo. Pero lo tomó del brazo y le dijo algo muy bajito al oído. El otro dobló mansito en la esquina, paramos frente a un yuyal, miré a nuestro alrededor y no había nadie.
-Tranquilopa -le dije a mi compañero que miraba atentamente al Colo, que cada vez parecía más nervioso y no se quedaba quieto, giraba sobre su eje como un loco. Sabía que si daba un paso fuera de la vista de Roberto este le iba a poner en su lugar. Empezó a decir cosas que yo no entendía, Roberto le miraba nomás, al rato pillé que era castellano lo que hablaba. A estos extranjeros no se les entiende porque hablan como bala y sin respirar. En un momento me pareció que el Colo le hizo un chiste a mi compañero, pero este estaba como piedra, mirándole a los ojos.
¡Toc! sonó algo de repente, yo no vi lo que era porque estaba con los ojos de aquí para allá por si alguien aparecía en la cuadra. Ahí nomás se cayó el Colo al empedrado. Roberto le dio un garrotazo en la cabeza con su cachiporra. Después le levanto los brazos y le dio sin lástimas en las costillas. Roberto sabía exactamente lo que hacía, parecía un cirujano revienta huesos. Le abrió las piernas y le reventó las bolas. Para ese momento el Colo ya estaba medio mudo, no se entendía si lloraba o gemía. Me daba pena el infeliz, pero bueno, así son las cosas. Un hueso por cada guaraní, suele decir Don Mashú.
Roberto limpió la cachiporra, sacó la 38 de su campera y me la apretó al pecho.
-Uno o dos, pero en el pecho- me dijo.
Yo allá en Caaguazú ni chancho mataba, pero Roberto parecía otro cuando
me puso el revólver sobre el corazón así que no tuve otra. El Colo respiraba todavía por la boca, hacía un ruido extraño, seguro quería hablar. Apunté. Disparé y le di en el hombro. Le salió una lamentación rara y se calló.
-¡En el pecho, la puta que te parió!- me gritó Roberto.
Le volví a dar y ya no miré donde le pegué, le entregué a Roberto la 38 y me
metí al yuyal a vomitar. Sentía que algo tibio se me escurría entre las piernas.
Escuché uno o dos tiros más y vi que Roberto lo arrastraba al yuyal.
Amanecí en el colectivo camino a Pedro Juan, Roberto me había comprado café con leche y chipa. El karaí se va a poner contento, me dijo pasándome el vasito humeante.
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