“Aunque deba cavar en la tierra
la tumba que sé que me espera”
Mar Adentro, Héroes del Silencio
Tuviste un sueño pesado; de esos que multiplican la gravedad por 100 y ni caminar se puede al levantarse. Una ducha solucionó todo, miraste la hora, te pusiste el vaquero gastado y la remera negra de conciertos.
Billetera y entrada en un bolsillo. El ómnibus te dejó a unas cuadras, caminaste con la cabeza gacha, las manos en los bolsillos y mordiéndote los labios sin creer todavía. Héroes del Silencio después de años, juntos otra vez y para colmo en Paraguay.
Al llegar te acomodaste en una de las gradas, te limitabas a mirar el movimiento con una cerveza y un cigarrillo. La morena de pelo oscuro no dejaba de mirarte y los grupos de introducción ya se iban. Vos querías estar solo para tener los oídos en la música de Héroes y la morena ya te sonreía y no sabias que hacer, querías cantar todas las canciones sin que nadie te molestará
Más o menos al rato se hizo silencio y la oscuridad llenó el escenario, sólo el murmullo de la gente, vos ni pestañeabas, los primeros solos de guitarra ya se escuchaban, la batería surgió como un estruendo, el bombo marcaba la agitación y los platillos temblaban mientras Enrique Bumbury saludaba al público. “Deshacer el mundo” se empezaba a cantar en un coro de miles de personas, gritabas, llorabas. Era de no creer.
La punteada de “Decadencia” abrió una brecha entre la gente que se agolpaba contra las vallas. Y ahí nomás: La decadencia esta prohibida... y por momentos...
Cantaste tema tras tema, verso tras verso y como cierre del concierto sonó “Avalancha”. Y Bumbury se desgañitaba contigo por última vez con el verso que nunca vas a olvidar: La muerte será un adorno que pondré al regalo de mi vida.
Todo fue rápido los músicos abrazados se agacharon y se largaron. Después el murmullo de los pies arrastrándose a la salida copó tus oídos, cansado te fuiste casi último y la morena caminaba cerca tuyo. Estuvo a tu lado todo el concierto y vos ni cuenta.
Te dijo son las 12:00, es temprano, vamos a dar una vuelta, te tomó de la mano y te fuiste detrás de ella, embobado. El pelo negro se contoneaba cerca de su cintura y las piernas apretadas por un jean roto, justo ahí donde todo empieza.
Unas cuadras después: un yuyal. Ella te miró y sonrió, soltó tu mano y se metió en la espesura verde-negra de la medianoche. Corriste detrás de ella y casi al fondo de la pequeña jungla te abrazó de sorpresa. Mientras te lamía el cuello, un garrotazo te dio en la nuca y te llevó al piso.
Te sacaron tu poco dinero, un hombre robusto te revisaba y puteaba a la morena por haber agarrado al tipo mas pelado del concierto.
Tenías los ojos nublados por el dolor en la cabeza, temblabas por momentos y una sensación de vómito te agobiaba. Te sacaron el vaquero gastado, la remera de conciertos y las botas. Te creyeron muerto Roque, ni cuenta se dieron de los globitos de sangre que te salían de la nariz. Te lanzaron a una fosa y las últimas estrellas de la media noche se borraron con las últimas paladas de basura que te echaron encima.
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