viernes, 20 de febrero de 2009

Sueño de Lujan

        Se acercó y chutó las pantuflas bajo la cama. Se acomodó con las frazadas y el cansancio le puso los ojos cristalinos; luego un bostezo tibio que término desmoronándola en un sueño.
        Al comienzo las imágenes eran confusas, provenían de la sala jugando con su tía, que ahora ya no estaba, y empezaba a caminar sola por el corredor de la escuela, descalza, con las baldosas frías bajo sus pies. Llegó hasta un portón y lo abrió. Pasó del pórtico a estar deslizándose en un tobogán que levitaba sobre un pastizal de color blanco, llegó al suelo, miró el cielo y vio como la aurora boreal lo invadía todo. Se encontraba en una plaza con hamacas que colgaban de las nubes, con toboganes de madera translucida y un enorme carrusel que giraba y daba saltos de canguro.
         Más al fondo, cerca de un murallón pintado a cal, había un árbol, de él se desprendía una sombra que mostraba algunos gestos inseguros. Lujan fue acercándose, lentamente, no quería llamar la atención. La sombra se había quedado quieta y parecía asustada. Lujan dijo – Hola – y un hombre con el rostro pintado de blanco asomó la cabeza desde el árbol.

        -Hola – repitió Lujan. El hombre cruzó un brazo sobre el estómago y agachandose levemente, la saludó, tomó una mano de Lujan y la besó en el aire. Un pequeño destello rojo quedó flotando sobre sus dedos.
         
         El hombre dio una pirueta en forma de estrella y, en un descuido, se le escapó una ventosidad. La niña casi desmaya de la risa. El mimo quedó tan avergonzado que quiso desaparecer, dibujó una puerta en el aire y la cruzó. Perdiéndose detrás de ella.
         La niña susurro algo parecido a una negación y con la cabeza gacha empezó a llorar tímidamente. Por el rabillo del ojo pudo ver otra vez la sombra gesticulando detrás del árbol. Alzó la mirada y el mimo se acercó. Le pasó los guantes blancos por las mejillas para secar las lágrimas.
        Empezó a dar otras piruetas y a la par imitaba pedos con la boca, la niña que todavía lloraba cortaba su llanto de a ratos y reía con los sonidos que hacía el mimo. 
       Cruzó las piernas y, sentándose en el suelo, olvidando la pequeña pena, se dedicó a mirar como el mimo estiraba los rayos de la aurora y formaba con ellos barquitos y lunas, que se iban navegando en el aire hasta perderse de vista.Se acercó y chutó las pantuflas bajo la cama. Se acomodó con las frazadas y el cansancio le puso los ojos cristalinos; luego un bostezo tibio que término desmoronándola en un sueño.
       Al comienzo las imágenes eran confusas, provenían de la sala jugando con su tía, que ahora ya no estaba, y empezaba a caminar sola por el corredor de la escuela, descalza, con las baldosas frías bajo sus pies. Llegó hasta un portón y lo abrió. Pasó del pórtico a estar deslizándose en un tobogán que levitaba sobre un pastizal de color blanco, llegó al suelo, miró el cielo y vio como la aurora boreal lo invadía todo. Se encontraba en una plaza con hamacas que colgaban de las nubes, con toboganes de madera translucida y un enorme carrusel que giraba y daba saltos de canguro.
         Más al fondo, cerca de un murallón pintado a cal, había un árbol, de él se desprendía una sombra que mostraba algunos gestos inseguros. Lujan fue acercándose, lentamente, no quería llamar la atención. La sombra se había quedado quieta y parecía asustada. Lujan dijo – Hola – y un hombre con el rostro pintado de blanco asomó la cabeza desde el árbol.
Hola – repitió Lujan. El hombre cruzó un brazo sobre el estómago y agachandose levemente, la saludó, tomó una mano de Lujan y la besó en el aire. Un pequeño destello rojo quedó flotando sobre sus dedos.
         El hombre dio una pirueta en forma de estrella y, en un descuido, se le escapó una ventosidad. La niña casi desmaya de la risa. El mimo quedó tan avergonzado que quiso desaparecer, dibujó una puerta en el aire y la cruzó. Perdiéndose detrás de ella.
         La niña susurro algo parecido a una negación y con la cabeza gacha empezó a llorar tímidamente. Por el rabillo del ojo pudo ver otra vez la sombra gesticulando detrás del árbol. Alzó la mirada y el mimo se acercó. Le pasó los guantes blancos por las mejillas para secar las lágrimas.
         Empezó a dar otras piruetas y a la par imitaba pedos con la boca, la niña que todavía lloraba cortaba su llanto de a ratos y reía con los sonidos que hacía el mimo. 
         Cruzó las piernas y, sentándose en el suelo, olvidando la pequeña pena, se dedicó a mirar como el mimo estiraba los rayos de la aurora y formaba con ellos barquitos y lunas, que se iban navegando en el aire hasta perderse de vista.

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