jueves, 19 de febrero de 2009

La Cima




¡Quítenmelo! ¡Quítenmelo! ¡Déjenme respirar!¡No me estoy muriendo!
 Willie Francis (1929,1947), dos veces ejecutado en la silla eléctrica.

A pelo y piel quemada huele este lugar.
Mis piernas están amarradas, y pegadas a ellas los electrodos.
Ahora, sólo espero el instante. Sé que tengo los ojos abiertos. Me hablaron de  la rapidez con la cual terminaría todo: “Un resplandor y tus ojos se cierran, como en el placer absoluto”.
Debí quedarme allá, donde nadie me vería; por lo menos moriría solo. Soy culpable. Pero no lo siento, ni en el lugar más hondo, allá donde dicen que se guarda el alma. Lo hice porque todo mi cuerpo me lo pidió.
Corrí muy lejos aquel día. Nadie vio las manchas en mí, tampoco me vieron escapar. La olla oscura de la noche me dio refugio. Llegado el día subí la montaña. Vi cada una de sus piedras correr tras mis pasos, vi también mis huellas perderse en la vegetación.
En el ocaso nevó, y el sol, absorbido por la tierra, me recordó a mí mismo, subiendo el monte vertical, de altura desconocida, mientras el eco de los animales y el viento me sugerían palabras.
Escalé hasta donde mis fuerzas pudieron. Nada tenía yo de alpinista, pero mucho de avalancha aquel día. Busqué un lugar para descansar, esperar el sueño y olvidar por unas horas mi huida. En una cueva estrecha, entre piedras, dormí. Desperté llegado el amanecer; la niebla se disipaba y vi el sol surgir en el cielo. Seguí con mi paseo hacia la altura. Por sobre los árboles,  un pájaro rayó el cielo, abrí los brazos y grité. Los pulmones me ardían, el frío de la mañana turbaba mi piel. Extrañé el fuego, y por eso corrí de nuevo.
Nunca sabré si llegué a la cima. Deambulé durante días, hasta que me aprehendieron. A causa de mi largo ayuno, apenas pude ver las armas apuntándome. Luego todo se tornó confuso. Me arrastraron al pueblo entre golpes y escupitajos. Nada más recuerdo.
Hoy estoy aquí, sentado frente a estas personas murmurantes. Ya no importa, no busco formas ni palabras que pronunciar. Sólo espero lo que tanto tardaron en sentenciar. No me mostraré a ellos, no les daré ni un solo grito. 
El cura, biblia en mano, me bendice. El guardia cubre mi rostro con una máscara. Sujeto mis rodillas, las manos sudan sobre ellas. Sin embargo, no puedo controlar la presión que impulsa mis pies para arriba, algo desde abajo del suelo me insita a subir. Mi pelo sobre el rostro esconde esta extraña sensación; creo ver de nuevo aquella montaña, o acaso su cima.
Segundos después, la energía sacude mis entrañas. Todo mi cuerpo se crispa. Siento llegar el silencio. No me dejaré ir, aunque esta espesa niebla que invade mi vista me seduzca.

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